Oda a la virgen que intentó parirme

I
Nunca conocí a una mujer así, tan suelta por dentro como un perra retorcida cuando está en brama,
poseída por un amor intenso, o desamor, o locura.
Brama.
Sí, como las perras que defienden su olor ante los machos o ante el temporal que quiere robarle a sus hijos.
Y esa mujer era así, crujiente ante la adversidad.
Crujía, una y otra vez. Las que fueran necesarias.
No sé cuantos años tenía ella cuando me vio por primera vez; supongo que rebasaba mi edad por factores biológicos.
Una mujer menor que yo, no podría si no, solamente así, ser cualquier cosa, menos una mujer intentando protegerme.
Y dije perra por que esa palabra es una de mis favoritas; hasta hoy que la he desusado tanto,
me siento de esa misma forma en que se sentía ella cuando me veía frágil.
Parecía contorsionarse entre las paredes para evitar que el agua me llegara poco menos que a la boca; qué brava.
No he visto mujer así, tan coloquial y desgarbada, pueril, desatada, escondida, fría, caliente, esfumada de sí para mí.
Imagino, desde ya, que de muerta, seré el primer desgraciado en lamentar su abandono.
Pero ya que no sucede aún, me gasto en tejerle un pedazo de retazos juntos en un porvenir disuelto. Mi porvenir.
No tengo más que vanagloriar a esa pobre mujer, que de vieja me seguirá sonriendo y yo bebiendo, ya no de su mano.
No hallo nombre para ella, ni para mí ahora mismo, ni para nadie. Quizás sea mi encantadora sed de siempre de beber.
Siempre he tenido mucha sed, ahora mismo siento ríspida la garganta, tan fraudulenta como esa mujer.
¿Quién le habrá dicho: mujer, sabes qué hacer?
II
Un día se apareció. Como una virgen palpable, exquisita y texturizada en mil formas. Solo había que imaginarlas.
Nunca la vi desnuda.
Nunca la he visto muerta, pero la he visto llorarle a la muerte.
¿Quién le enseñaría a llorar así?
III
Repetidamente pensaba en ella, como ahora y no daba lugar a su virginidad. Tanta deidad empalaga.
Hasta a mí me hace daño tanto júbilo de querer parir siendo virgen, de querer sexo sin sexo, de querer ser polvo siendo agua.
Y entonces imagino que nado dentro de su vientre y me conecto en su sangre y le inyecto aire, y cruje, como en brama.
Le pongo tanta dosis que no repara ya más que para expulsarme de su cuerpo y verme vivo, aleteando como ave.
Gimiendo como un puerco y vomitando como un niño enfermo. Y cuando me pare se revientan todos los deseos,
incluidos los míos.
Me quedo en blanco junto a ella, nuevo, esbelto, desinfectado y con un poco de memoria.
Me trago la luz y se la escupo, le doy las gracias por querer parirme y me voy, la dejo sola,
como cuando ella me encontró.
La dejo en ese instante en que se apareció ante mí y me dijo sí, decido cuidarte.
¿Quién le habrá dicho que tenía que ser mi madre?
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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Vene dice:

    Me gusta lo que escribes, pero mas me gusta la foto que tienes como no conocer esas mejillas y ese cabello je je.

  2. Ma-ra-vi-llo-so. Piruetas y reverencias, mi malabares querido.

  3. Pako El Grande dice:

    Me alegra comenzar el 2011 leyendo estas líneas!! Ya te me estabas tardabo, gracias por compartirlo… Con las primeras palabras se me vino a la cabeza a la tal Lilith lujuriosa de Caín, a ese desgraciadícimo que luego de haber dado muerte a su hermano fue marcado por el Sr. que él mismo aborrese… saludos… un abrazo…y es hora de comenzar la función…

  4. Diego dice:

    Bellisimo, continua haciendolo, gracias por darme la exclusiva

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