Tiempo de flagelos. Y no

De cuando descubrió que las máquinas de su casa eran inservibles.

Desperté con la garganta irritada y pensé que eras tú jalándome la lengua para pasarla por todo tu cuerpo. Entré a bañarme y encontré trozos sueltos de un rastro tuyo que no existe. Luego reí inalterablemente, como la primera vez que nos hicimos cosquillas. Este es un tiempo de flagelos. Así le he llamado. Temporal, como tú.

Un tiempo más y el agua hirviendo de la regadera me arrastraba, pero floté, como tus piernas encima mío, listas para volar.

No sirve ningún aparato, no hay luz, el agua escasea y allá afuera los semáforos están jugando en un festín de encendidos que no cesa.

Salí y pensé que mi garganta ya no servía, duele un poco aún, pero el té que preparo desde hace años me está haciendo efecto. Estoy quedando dormido, como la primera vez que te probé.

Y pienso que nunca exigí nada, y dicen que ese fue el error. No, es que aquí no sirven los cables, no conectan, no hay “enchufes” buenos, se lo están llevando todo. La temporal mudanza, como las otras.

Sientes cómo la máquina abre tu boca y extiende tus labios para reventarlos. –Ahí están las náuseas, te mareas sin poder gritar. Entonces comienzas a sentir la danza dentro de ti. Danza y náuseas acaparando tu torrente.

Caes de rodillas con tu boca forzada y empieza la convulsión. Nada hace efecto, ni las lágrimas. No hay droga, no hay nada.

Tu estómago comienza a devolverlo todo, hasta tu nombre y tus intestinos. Nada de eso fue nunca tuyo.

Te pones pálido, sudas y quieres gritar; no puedes.

Hubo instantes que te contemplé sin que te dieras cuenta, ni el chillido de mi garganta te despertó.

Me vestí y salí a contemplar el mundo brillante y efímero, como ese festival que traes dentro. Los semáforos pararon. No hay nadie allá afuera. Se fueron de a poco, quedamos tú, el sol y yo. Vamos a ser tregua o trío, o una carrera de locuras.

En la trinchera hay rastros leves, de una vida no compartida, ni cercana a un quizás que ni escuchaste.

Qué delirio, qué fiebre tan hermosa, tan prolija y decadente.

Me puse pálido, luego de pie y nos arrastramos para el último beso.

Perdí, así que ya ganamos. Reventé.

Cristóbal no quiere ahogarse.

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