La mercolancia

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Olía a mierda, sí. Y a caño. O como decía la tía: esto es una mercolancia. También las paredes soltaron lo que pudieron: olor a pintura corriente, pero blanca al fin.
El anzuelo para entrar ahí fue claro: que era absolutamente soleado, que no había pizca de sombras.

El sitio resultó hasta conocido, como si lo sucio y viejo le perteneciera. Como si lo carcomido fuera siempre una invitación y no hubiera reparado lo suficiente años atrás.

Pero este era diferente. Un sitio así, como lo vio en un sueño ( o pesadilla) estaba ahí, con la puerta del número 6 abierta.

La entrada del edificio era un asco. Por eso se metió.

Por eso también se quería obsesionar. Pero prometió que si alguien entraba y cerraba por dentro antes que él, así debía ser. Un lugar así, (seguramente con tanta historia) no podía pelearse ; adelante, a unas cuadras, un legendario refugio de box agazapaba parte de la historia en ese barrio.

¿Por qué ahí?

Olía a mierda y se vió ahí dentro, vigilando desde la ventana que ningún desalmado bajara desde la azotea para hurtar. ¿Habría sido ya testigo de algún crimen?

Se imaginó caminando a medianoche orinándose de miedo para poder llegar ahí. Le asustó que la puerta gris un día no abriera y tuviera que ir, como una vez pasó, a dormir a un hotel, sin cuerpo alguno al lado. Y pensó también que seguramente acá las noches seguirían así, esperando.

Salió sin llaves, dejó todo abierto y pasó los dedos sobre esa frase escrita con tinta azul en una ventana:

“No te vayas. Aquí hay mucha soledad”

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